Cereal, a secas.

Promesas hechas con el fin de ser rotas en tu cara.

El día del hijo

Todos somos hijos. Algunos se hacen llamar “hijos de puta”, aunque su madre tal vez haya pagado más de lo que recibió por todo el sexo que tuvo en su vida, antes y después de concebirlos. Otros, a veces sin quererlo, terminan siendo hijos de alguien que no los tuvo dentro de sí. Algunos más, desgraciados ellos, se alejan del seno materno, olvidando a quien por mucho tiempo dio su vida a pedacitos por ellos. 

Podemos dejar se ser muchas cosas. Podemos dejar de ser amantes, amigos, idiotas, brillantes, necios, rebeldes…pero hay algo que no dejamos de ser nunca: siempre seremos hijos, y ya. Hasta quienes no nacieron fueron hijos, hijos no deseados o inoportunos, que llegaron a un plan al que nunca fueron invitados.

Y mientras la muerte arrebató de su lado a su esposo, y la llamaron viuda, y el cáncer se llevó a sus padres, y la llamaron huérfana, a la muerte de su hija no le llamaron de ninguna manera. ¿Qué más que lágrimas de dolor y abandono? ¿qué más quedó? 

¿Cuántos hijos deseados que nunca llegan? ¿cuánto dolor ha tenido que soportar porque su vida se acaba, segundo a segundo, y el tan anhelado momento de parir con dolor, y criar como pueda, no llega? No ha tenido un hijo, su espera parece interminable, la enfermedad llega y sus esperanzas se agotan. 

¿Cuántos hijos están perdidos en las calles? ¿cuántas horas dedicó día a día a la infructuosa labor de sacar a su hijo de su micro infierno? ¿cuántos intentos fallidos por evitar que muriera, que la abandonara? ¿cuántos días ha pasado esperando que aparezca, así sea para atracarla en una calle oscura, para saber que aún vive? 

Sale de casa, del nido, de la jaula, del infierno, del zoológico, del miserable lugar en que vive, del paraíso, de la isla…¿cómo sabe que podrá volver? ¿cómo saben que volverá? ¿quién le asegura que su noche no será una tormentosa búsqueda? ¿cómo podrá estar tranquila, sabiendo que una parte de sí anda por el mundo desprotegida? 

Y sí, son hijos de madres y padres, pero nunca estos sentirán, menos sufrirán de manera tan visceral, lo que significa desprenderse. Somos hijos. Somos hijas. Y quienes somos hijas buscamos la respuesta al por qué de muchas cosas, que posiblemente nunca comprendamos. Y quienes son hijos, desesperados, enfermos, tal vez devastados, querrán saber cómo, y cuándo. Y nunca habrá respuesta. 

Que sea este el día del hijo, el día de todos. De quienes no podrán ser más ni menos, porque simplemente son. Y el ser les da la misma validez y poder que a cualquier otro. Y que siendo el día del hijo, este comprenda en sí a madres, padres, huérfanos, viudos, sociópatas, delincuentes, enfermos y cuidadores. 

Un día más.

Un día. Sólo eso hace falta para cambiar todas las cosas. Una mañana te despiertas, con la sensación de normalidad y patética tranquilidad acostumbrada. Hora tras hora, tu existencia se encarga de confirmar lo que sospechaste desde el primer segundo de vigilia: nada extraordinario ocurriría. Vuelves a dormir, con la esperanza de que nada te saque de tu cotidiano equilibrio, pero en el fondo sabes que no habría nada mejor que cualquier cosa que acabara con esa regularidad. La seguridad, la comodidad y la paciencia con la cual cada momento se amontona en la mesita de pendientes para disfrutar, con la única necesidad de continuar por el camino usual.

Y bueno, ese día empezó como uno cualquiera, uno más. Paso tras paso, de una intuición a otra, y sin saber a ciencia cierta en qué momento empezaste a jugar a tu favor, y en contra de la monotonía, muchos factores se unen y ocurre lo inesperado. Lo que sea, pues en esta dinámica cualquier cosa, por insignificante que parezca, será novedosa y emocionante.

Sales de tu casa y un recuerdo te remuerde, te alegra y hace que le des vueltas a muchas cosas que no fueron, así que caminas evadiendo la mirada de otros, como esperando que no te roben ese recién llegado recuerdo. Luego empiezas a sentir la necesidad de volver atrás, de revivir cada acción, cada pensamiento, de cambiar lo hecho, o de repetirlo; mientras pasa el tiempo, son ya muchas las cosas que has analizado, una tras otra. Sin darte cuenta, llegas a tu destino habitual, y con sorpresa de la falta de conciencia respecto al camino y al cómo llegaste allí, continúas tu camino y empiezas a hacer lo de siempre.

Termina el día, y crees que todo será como siempre. Y entonces ocurre: como de la nada, te encuentras en medio de un evento fortuito, accidente ocasionado por cualquier unión de  circunstancias. Llamémoslo coincidencia o casualidad, porque la causalidad se quedó atrapada en algún trancón. Tal vez parece que algo extraño ocurre, muchos dirigen su atención y su vista hacia las ventanas, o hacia una misma dirección, no importa cuál sea; todos, perplejos, esperan. ¿Qué es lo que esperan? A ti parece no importarte en lo más mínimo. Por más imprevisto, inesperado, ilógico y poco familiar que resulte la situación en la cual te has involucrado, nada de esto logra captar tu atención, y terminas más bien ignorando lo extraordinario. Pudo haber cambiado tu vida, pudo hacer que dejaras de creer, o empezaras a creer; pudo haberte hecho olvidar de muchas cosas que querías olvidar, o tal vez te haría recordar mil más, pero simplemente lo dejaste pasar, sin siquiera notarlo.

Así, sin más, llega un día nuevo. Y tal como el día anterior pudo haberlo cambiado todo, este lo cambia de nuevo, pues vuelve a ser un día como cualquier otro.

 

 

(Source: julylust, via cianotipio)

Noche de Pus.

No es para nadie secreto que muchos esperan la llegada de ésta época del año con la esperanza de tener algo de tranquilidad y alegría, utilizando para ello algo que podríamos llamar “amnesia navideña”, padecimiento poco padecido, más bien disfrutado, que permite a quién lo tiene olvidar por un momento, digamos unos 20 y tantos días, todos los problemas y dificultades vividas durante el año, y sobre todo los propósitos hechos para el año saliente, con el fin de dar paso a los falsos propósitos de siempre, que suelen convertirse en lo que cualquier propósito es: un soplo de aire sin contención.

Y así como existen quienes anhelan su llegada para poder disfrutar, así sea de mentiras, otros la esperan para poder llorar aún más por lo desgraciadas que llegan a ser sus vidas, recogiendo todas las desventuras pasadas, no solo recientemente, sino durante toda su vida, para poder, “entre pitos y matracas, entre música y sonrisas” amargarle a otros su alegría estacional; estos son, tal vez, los únicos grinch (nombre con el cual disfrutan muchos de ser designados durante esta época, que los obliga a desempolvar unos cuantos argumentos) a los cuáles debe enfrentarse el navideño promedio, pues entran encubiertos a sus celebraciones y las contaminan con pesimismo y tristeza.

Claro, no puede faltar el indiferenteindolienteaburridoamargado que no celebra la navidad, porque siente que es una época comercial y llena de tradiciones que sólo marcan, una y otra vez, la señal de idiotez sobre nuestras frentes; este tipo de personajes, incomprendidos y muchas veces mal catalogados como patéticos, sólo buscan poner un muro entre su descanso de fin de año y el bullicio de alegría del resto del mundo, pero no consigue más que terminar mezclándose entre la multitud, abrazando a la vecina o a la prima lejana en medio de los gritos de “¡feliz año nuevo!”, momentos a los cuales sobrevive como puede, para luego recordar con algo de culpa que fue “infiel” a sus creencias respecto a las celebraciones de fin de año. Y ¿qué  hay de la novena? Siempre terminará uno, quiéralo o no, riéndose del putativo de José, o recitando de memoria a la “oveja bizca” o al “cordero menso”; por más que uno quiera, en algún momento alguien de la familia dirá que “es un deber (añada aquí una palabra que sea trillada e indique algo inevitable)”, y terminará uno cediendo a las caras largas que ruegan que uno agite un grupito de tapas, o al menos golpee las palmas una con otra mientras escucha que los peces beben y beben, pero uno debe esperar hasta el final de la novena para tomar lo que puede de una galleta untada de vino tan dulce que provoca aún más sed. 

Entre esta jungla decembrina siempre elegiré ser Liliana, la persona que con mucho esfuerzo intenta no decepcionarse al ver cómo los acontecimientos que acompañan la muerte del año terminan dándole la razón respecto a sus creencias de muchos años atrás: que la navidad no es más que una época en la cual muchos gozan, mientras otros intentan, fallidamente, no sufrir. 

Verdadera felicidad, placer incompleto.

Celeridad. Banales palabras que se unen, formando cadenas tan poco complejas e insignificantes como el ADN de un gusano al que pisoteas tú y pisotean todos. Y de un momento a otro necesitas un cambio de línea, y no te importa si son las 4 de la mañana, o las 3 de la tarde. No te importa. Sólo esperas que alguien te la cambie, que te de una nueva, una menos defectuosa, como mínimo. Y llegan de nuevo las palabras, como sangre a la nariz, de golpe, sin aviso, tal vez como nausea; si, apremiante, impaciente, sufriendo por la necesidad de salir disparada como bala de cañón, buscando su presa. 

Mientras tanto, un vacío infinito, que por infinito entenderás como mínimo, porque no lo conoces. Un vacío de esos que te duelen, y que sientes que no podrías llenar ni con mil eternidades, ni con un todo. Y lo que sale, que lo hace de la manera más apresurada y poco sabia que podrías esperar, no espera, y se acomoda como puede, alargando la fila de incoherencias que buscan su camino al abismo del escrutinio público. 

Todas esas malditas palabras, que no se callan, que prefieren enloquecerte, gritarte hasta llevarte al límite y hacer que las escupas en la cara de quien menos quiere conocerlas, de quien menos quiere saber de su existencia. Si, ellas saben cuán placentero te resulta demostrarle al mundo lo poco que esperas, lo poco que puede esperar de ti. Y entre menos das, menos necesidad tienes de esperar. Por esperar, lo que sea, te puedes quedar con los brazos cruzados mientras todo pasa, y tu impotencia te ata las manos, evitando que puedas acceder a lo que pasa frente a ti. Ni la tentación pretende alojarse en tu interior, lugar desértico y poco fértil para cualquier cosa. Ya ni los malos deseos, ni el rencor, ni mucho menos las ideas más bajas y ruines buscan abrigo en ti; ya ni las estupideces que te acompañaban antes se atreven a hacerlo: prefieren morir en la soledad del olvido, a ser conocidas por tus medios, ridículos e innecesariamente tristes. 

Lo único que puedes albergar, para tu propia desgracia, es un mar de ideas difusas, sin sentido y totalmente irrelevantes, que tarde o temprano serán tu perdición. Algún día el insulto será leído, la calumnia será escuchada, y la injuria llegará a su destino. En ese momento, y solo en ese momento, tendrá sentido tu existencia. Pobre, pobre muchacha; tan sola, tan aburrida y poco interesante. Pobre tú, que no tienes ni la más mínima intención de corregir lo incorregible, de hacer lo imposible, de conquistar el mundo que está ante tus ojos. Pobre de ti, que solo esperas morir, en medio de un mar de lágrimas sin sentido, de falsa tristeza, y de inminente olvido. 

Sólo tu perdición te hará grande, al menos a los ojos de tu ego. Al menos para tu propia dicha, tu destrucción será lo mejor que pueda pasar. Muy a pesar de los esfuerzos que hagas por demostrarle al insignificante y estúpido mundo que te rodea qué eres, algún día todos sabrán la verdad. Verdad que no es más que un mar de asquerosas ideas que has guardado, día tras día, hasta que han muerto, y sus cadáveres han hecho las delicias de las aves de carroña que habitan tu alma, y que han llegado allí para decorar el funesto paisaje con el cual se encuentra quien quiere llegar a las profundidades de la nada que es tu ser. 

Los engaños aparentan, los días pasan y no vuelven, las cabezas estallan una tras otra, mostrándose vacías y predecibles. ¿Qué podrías hacer para no ser una cabeza más? ¡Llénate de cualquier asqueroso vestigio de lo que querías ser! cualquier deseo, o manifestación de lucidez será el perfecto nido para que fructíferos caudales de suciedad y dolor permitan que en ellos crezcan descompuestos esfuerzos por hacer algo bien, y así tu cabeza estará llena de algo más que aire malgastado cuando estalle, producto de la presión que desde el exterior ejercen sobre ella los imprudentes hacedores de la verdad de utilería, sobre la cual descansa el escenario de tu perdición, y la perdición de todo lo que pretende existir.

Y más palabras nacen, como hijo no deseados y maldecidos por esta tierra, queriendo pisotear a las demás. Qué heróicas serían aquellas que logren irrumpir en los rincones inhabitados de tu cráneo, y allí se establecieran como tumores que carcoman la falsedad con la cual te resignas a recibir las sobras de una vida que no te quieren dar. Y vida, ¿para qué? después de ver lo que ha hecho la muerte sobre los que han habitado este lugar esperando construir su propio camino. Lo único que queda por decir es el resultado de una marea, calor acumulado, y sangre que sale disparada de tu boca y tu nariz, producto del estallido de unos cuantos caudales desesperados. 

Y allí, en ese lugar, en ese momento, por fin te darás cuenta de la función de esas cadenas de palabras que tanto te atormentaban, y te pedían que las dejaras salir. Verás que ellas, como agujas y cuchillas, cercenaban una a una las conexiones entre tu razón y tu trivialidad.  Esas palabras disfrutaban mutilando todo aquello que buscaba surgir dentro de ti, para guardar con exclusividad ese lugar para la perdición que te esperaba. 

Sufrimiento, otro disfraz para el placer; placentero te resultaba siempre ver cómo desprendían de ti todo rastro de complacencia, rectitud y benevolencia. Placer, satisfacción nunca. Lo único que te daría una complacencia de esa magnitud sería poder acabar con todos, de la misma forma que todos deseaban acabar contigo. Pero, no conforme con eso, nunca esperarías mover un dedo para lograrlo. Así que nunca lo hiciste. Ahora, solo basta esperar para ver cómo la presión sigue subiendo, y en el momento menos esperado tu cabeza estallará, cubriéndolos a todos con lo mejor que podrías darles: el asqueroso resultado de coleccionar, uno tras otro, los deseos de ser, para darle paso al “hazme ser”, con el cual regalaste tantas sonrisas de papel y felicidades de hielo. 

Mientras sigas soportando la presión, seguirá creciendo dentro de ti la mejor de las victorias que podría esperar alguien que ha recibido en su mente a los huéspedes más indeseados que cualquiera podría tener. Más ideas vienen a mi, y aún muchas querrán llegar, para hacer que pierda todo rastro de sensatez que me quede. Y así, solo así, podré mantenerme incompleta, siendo esta la única forma que tendré para permitir que ninguna idea concuerde con otra, y que nunca se complementen, para que nada bueno quiera surgir nunca. Nunca más.

Aquel Miserable Pueblo.

“Todo aquel que ose hacerse notar será castigado con una vida entera de reconocimiento por parte de mediocres, aburridos, tristes personajes e histéricas.” Ese era el anuncio con el cual se encontraban quienes entraban a Aquel Miserable Pueblo, ubicado a cierta distancia de La Nada. Muchos daban con este patético lugar mientras intentaban llegar a los bellos pueblos en los cuáles otros habían alardeado de encontrado triunfos y dichas, ignorando los obstáculos por los cuales pasaron realmente estos personajes antes de llegar a sus supuestas metas, que no eran más que vacíos objetivos. Y mientras unos envidiaban los logros de otros, no tenían ningún problema con mostrarse completos y satisfechos ante los demás. 

Alguno sugirió en secreto estrategias como usar a otros como escalera o, en el peor de los casos, como tapete; y mientras unos pensaron que era una estupidez el simple hecho de considerar estas ideas, otros se ofrecieron de manera desinteresada y alegre para ser esos tapetes y escaleras que otros necesitaban para, según ellos, “ver la luz”. Lo que no sabían todos estos desgraciados era que estar arriba o abajo no era más que una ilusión. 

Mientras todos estos idiotas dedicaban su vida a alcanzar los logros de los cuales se enorgullecían quienes estaban un paso delante de ellos, no se daban cuenta de cómo eran parte de un juego muy bien organizado, para diversión de estos mismos a quienes llamaban superiores. Con las migajas que recibían pretendían sentirse tan felices y completos que creían que lo mínimo que podían hacer era ayudar a otros a serlo. Y así, creyendo que cada uno de ellos era mejor que otros, vivían contentos con lo que tenían hasta morir en el olvido. Bajo esta dinámica recorrían los mismos caminos una y otra vez, hasta descubrir pasajes que consideraban nuevos, pero no eran más que tramos desconocidos del laberinto dentro del cual andaban, sin ningún interés de encontrar una salida. 

¿Por qué el pollo cruzó la carretera? (Vía Marcela Castro)

- PROFESOR DE PRIMARIA: Porque quería llegar al otro lado.

- PROFESOR DE UNIVERSIDAD: Presenten un ensayo sobre el tema teniendo en cuenta la bibliografía del programa de la clase. Los motivos del pollo se incluirán en el parcial de la próxima semana.

- PLATÓN: Porque fue en busca del bien y la armonía.

- ARISTOTELES: Está en la naturaleza de los pollos cruzar la carretera.

- SANTO TOMÁS: Para descubrir la esencia y existencia de la carretera.

- MAQUIAVELO: La cuestión es que el pollo cruzó la carretera. ¿A quién le importa el porqué? El fin de cruzar la carretera justifica cualquier motivo.

- SHAKESPEARE: Para ser.

- HUME: Buscaba una experiencia sensible.

- KANT: Porque quería descubrir más allá del fenómeno de la carretera.

- BOLIVAR: Para traer La libertad del nuevo mundo. La unidad de los pollos es inexorable decreto del destino.

- HEGEL: Hay una relación dialéctica entre el pollo y la carretera.
- MARX: Era una inevitabilidad histórica y dialéctica ¡Pollos de todos los países, Unídos!

- DARWIN: A lo largo de grandes periodos de tiempo, los pollos han sido seleccionados naturalmente de modo que ahora tienen una disposición genética a cruzar carreteras.

- NITZSCHE: La carretera ha muerto… ¡Viva el pollo!

- FREUD: El hecho de que estés preocupado porque el pollo cruce o no la carretera revela tu inseguridad ¿pollo ha cruzado la carretera o la carretera se ha movido debajo del pollo depende de tu maexual?

- GRAMSCI: Para cambiar su concepción sobre la carretera.

- MARTIN LUTHER KING: Veo un mundo en el que todos los pollos serán libres de cruzar la carretera sin que sus motivos se pongan en cuestión.

- PICASSO: La excelencia del pollo depende del trecho de carretera que haya cruzado.

HITLER: Cuando se haya eliminado el peligro de los pollos, volverá el orden normal de las cosas.

- CHE GUEVARA: Si todos los pollos fuesen capaces de cruzar la carretera, qué hermoso y que cercano seria el futuro

PINOCHET: Hay que fusilar al pollo inmediatamente, y también a los testigos de la escena y a 10 pollos más escogidos al azar para evitar que se propague ese acto subversivo.

- BENEDETTI: El pollo recordará por siempre que cruzó la carretera.

- FORREST GUMP: Corre pollo, corre!

- TILER DURDEN (El Club de la pelea): Únicamente cuando pierde el miedo, el pollo es libre de cruzar la carretera.

- NEO (Matrix): La carretera no existe.

- OBAMA: El hecho de que el pollo cruzara la carretera fue un acto de rebelión no provocado y el que enviemos 17 portaaviones, 46 destructores y 154 fragatas, con el apoyo desde tierra de 243.000 soldados de infantería y por el aire de 846 bombarderos está completamente justificado.