Celeridad. Banales palabras que se unen, formando cadenas tan poco complejas e insignificantes como el ADN de un gusano al que pisoteas tú y pisotean todos. Y de un momento a otro necesitas un cambio de línea, y no te importa si son las 4 de la mañana, o las 3 de la tarde. No te importa. Sólo esperas que alguien te la cambie, que te de una nueva, una menos defectuosa, como mínimo. Y llegan de nuevo las palabras, como sangre a la nariz, de golpe, sin aviso, tal vez como nausea; si, apremiante, impaciente, sufriendo por la necesidad de salir disparada como bala de cañón, buscando su presa.
Mientras tanto, un vacío infinito, que por infinito entenderás como mínimo, porque no lo conoces. Un vacío de esos que te duelen, y que sientes que no podrías llenar ni con mil eternidades, ni con un todo. Y lo que sale, que lo hace de la manera más apresurada y poco sabia que podrías esperar, no espera, y se acomoda como puede, alargando la fila de incoherencias que buscan su camino al abismo del escrutinio público.
Todas esas malditas palabras, que no se callan, que prefieren enloquecerte, gritarte hasta llevarte al límite y hacer que las escupas en la cara de quien menos quiere conocerlas, de quien menos quiere saber de su existencia. Si, ellas saben cuán placentero te resulta demostrarle al mundo lo poco que esperas, lo poco que puede esperar de ti. Y entre menos das, menos necesidad tienes de esperar. Por esperar, lo que sea, te puedes quedar con los brazos cruzados mientras todo pasa, y tu impotencia te ata las manos, evitando que puedas acceder a lo que pasa frente a ti. Ni la tentación pretende alojarse en tu interior, lugar desértico y poco fértil para cualquier cosa. Ya ni los malos deseos, ni el rencor, ni mucho menos las ideas más bajas y ruines buscan abrigo en ti; ya ni las estupideces que te acompañaban antes se atreven a hacerlo: prefieren morir en la soledad del olvido, a ser conocidas por tus medios, ridículos e innecesariamente tristes.
Lo único que puedes albergar, para tu propia desgracia, es un mar de ideas difusas, sin sentido y totalmente irrelevantes, que tarde o temprano serán tu perdición. Algún día el insulto será leído, la calumnia será escuchada, y la injuria llegará a su destino. En ese momento, y solo en ese momento, tendrá sentido tu existencia. Pobre, pobre muchacha; tan sola, tan aburrida y poco interesante. Pobre tú, que no tienes ni la más mínima intención de corregir lo incorregible, de hacer lo imposible, de conquistar el mundo que está ante tus ojos. Pobre de ti, que solo esperas morir, en medio de un mar de lágrimas sin sentido, de falsa tristeza, y de inminente olvido.
Sólo tu perdición te hará grande, al menos a los ojos de tu ego. Al menos para tu propia dicha, tu destrucción será lo mejor que pueda pasar. Muy a pesar de los esfuerzos que hagas por demostrarle al insignificante y estúpido mundo que te rodea qué eres, algún día todos sabrán la verdad. Verdad que no es más que un mar de asquerosas ideas que has guardado, día tras día, hasta que han muerto, y sus cadáveres han hecho las delicias de las aves de carroña que habitan tu alma, y que han llegado allí para decorar el funesto paisaje con el cual se encuentra quien quiere llegar a las profundidades de la nada que es tu ser.
Los engaños aparentan, los días pasan y no vuelven, las cabezas estallan una tras otra, mostrándose vacías y predecibles. ¿Qué podrías hacer para no ser una cabeza más? ¡Llénate de cualquier asqueroso vestigio de lo que querías ser! cualquier deseo, o manifestación de lucidez será el perfecto nido para que fructíferos caudales de suciedad y dolor permitan que en ellos crezcan descompuestos esfuerzos por hacer algo bien, y así tu cabeza estará llena de algo más que aire malgastado cuando estalle, producto de la presión que desde el exterior ejercen sobre ella los imprudentes hacedores de la verdad de utilería, sobre la cual descansa el escenario de tu perdición, y la perdición de todo lo que pretende existir.
Y más palabras nacen, como hijo no deseados y maldecidos por esta tierra, queriendo pisotear a las demás. Qué heróicas serían aquellas que logren irrumpir en los rincones inhabitados de tu cráneo, y allí se establecieran como tumores que carcoman la falsedad con la cual te resignas a recibir las sobras de una vida que no te quieren dar. Y vida, ¿para qué? después de ver lo que ha hecho la muerte sobre los que han habitado este lugar esperando construir su propio camino. Lo único que queda por decir es el resultado de una marea, calor acumulado, y sangre que sale disparada de tu boca y tu nariz, producto del estallido de unos cuantos caudales desesperados.
Y allí, en ese lugar, en ese momento, por fin te darás cuenta de la función de esas cadenas de palabras que tanto te atormentaban, y te pedían que las dejaras salir. Verás que ellas, como agujas y cuchillas, cercenaban una a una las conexiones entre tu razón y tu trivialidad. Esas palabras disfrutaban mutilando todo aquello que buscaba surgir dentro de ti, para guardar con exclusividad ese lugar para la perdición que te esperaba.
Sufrimiento, otro disfraz para el placer; placentero te resultaba siempre ver cómo desprendían de ti todo rastro de complacencia, rectitud y benevolencia. Placer, satisfacción nunca. Lo único que te daría una complacencia de esa magnitud sería poder acabar con todos, de la misma forma que todos deseaban acabar contigo. Pero, no conforme con eso, nunca esperarías mover un dedo para lograrlo. Así que nunca lo hiciste. Ahora, solo basta esperar para ver cómo la presión sigue subiendo, y en el momento menos esperado tu cabeza estallará, cubriéndolos a todos con lo mejor que podrías darles: el asqueroso resultado de coleccionar, uno tras otro, los deseos de ser, para darle paso al “hazme ser”, con el cual regalaste tantas sonrisas de papel y felicidades de hielo.
Mientras sigas soportando la presión, seguirá creciendo dentro de ti la mejor de las victorias que podría esperar alguien que ha recibido en su mente a los huéspedes más indeseados que cualquiera podría tener. Más ideas vienen a mi, y aún muchas querrán llegar, para hacer que pierda todo rastro de sensatez que me quede. Y así, solo así, podré mantenerme incompleta, siendo esta la única forma que tendré para permitir que ninguna idea concuerde con otra, y que nunca se complementen, para que nada bueno quiera surgir nunca. Nunca más.